miércoles, 17 de diciembre de 2014

Morir con los cascos puestos


 

El hombre moderno es una isla. Comenzamos eliminando a los vecinos. Procuramos evitarlos cuando entran en el portal, les esquivamos en el descansillo y si es preciso aguardamos en silencio detrás de la puerta, escudriñando por la mirilla hasta que estamos seguros de que cogen el ascensor. No digamos si un día se les ocurre tocar nuestra puerta. Apagamos las luces y procuramos no hacer ruido hasta que se aburren y se van. De los parientes nos molestan por igual sus celebraciones (bodas, bautizos, comuniones y funerales) y sus desdichas. 
Vivimos cada vez más en sí mismos, cediendo una pequeña área común, un punto de encuentro solo a nuestros imprescindibles: padres, hijos y algún amigo, si es que nos ha favorecido la fortuna. Y aún a estos les ponemos cercas, recelamos de su roce, de su cháchara, de que vengan a rumiarnos la oreja con sus peripecias.
Los sociólogos achacan este aislamiento a los más variados motivos: al modelo productivo, al descrédito de las religiones y las ideologías, al fin del modelo tradicional de familia, a la tecnificación de la sociedad… Yo, que suelo rehuir de las grandes explicaciones, creo que la culpa de este repliegue sobre nuestros ombligos la tiene el walkman. Sí, como lo oyen, aquel aparato de mini-cassettes con auriculares de esponja que se colgaba a la cintura cuando el running se llamaba footing y la gente corría con bambas.
Aquel invento diabólico acabó con el hombre gregario, familiar y participativo. Al tapar los oídos y dotar por primera vez de movilidad a un aparato de música, convirtió a los paseantes en melómanos eremitas. Teníamos la excusa perfecta para ignorar al semejante. “Perdona, es que llevo el walkman a todo volumen”, decíamos incluso cuando estaba apagado. Nos dimos cuenta, de repente, que era muy fácil ser insociable porque el walkman nos disculpaba de cruzar unas palabras de cortesía con el vecino con el que nos cruzábamos en la calle o el parque. Bastaba un saludo rápido y protocolario con la mano o con la cabeza, y seguir a lo nuestro al ritmo de la música.
No crean que es una teoría mía disparatada. Cuando finalmente Sony se decidió a comercializarlo en 1979 encargó a un grupo de sicólogos un estudio de campo porque le preocupaba las consecuencias que podía tener sobre la sociabilidad de los usuarios. Dicen las malas lenguas que aquel informe fue tan demoledor que los japoneses lo enterraron en su caja fuerte más blindada. Prefirieron vender millones de walkman y condenar a la humanidad a su rápida disolución.
Hay quienes incluso apuntan a la teoría conspiratoria: una confabulación mundial para empujarnos al individualismo más feroz y desactivar futuras revoluciones. Los demás aparatos que vinieron después (mp3,smartphones, tabletas…) son solo sucedáneos que ayudaron a rematar la faena. El auténtico origen del individualismo feroz fue el chisme que inventaron Akiro Morita o Andrea Pavel, porque su invención resultó tan satánica que ni siquiera se ponen de acuerdo en la paternidad. Pase lo que pase, moriremos con los cascos puestos. (Ramón Muñoz)

10 comentarios:

Genín dijo...

Esto confirma que lo primero para el ser humano es la pasta, sin importarle un carajo lo que venga después, aunque reviente el mundo y todos con el...:(
Besos y salud

marcela dijo...

Genín, sí lo que ocurre es que nadie cree en que el mundo vaya a reventar. Y yo creo que ya tiene las costuras muy prietas. Besos y salud.

Blue dijo...

La foto que pones ya lo dice todo, nadie mira para el cuadro.
No sé si el walkman, pero la televisión hizo mucho daño, aunque eso al menos no lo llevamos a la calle. Es complicado, por un lado no nos relacionamos con la gente que tenemos al lado y después hacemos lo que estoy haciendo ahora, hablar con personas que están lejos. Bueno, lo difícil es el equilibrio, pero en eso hay que emplearse también.
Besos, Marcela.

Temujin dijo...

Yo nunca he llevado un chisme con auriculares, ni lo he llevado, ni lo llevare, siempre me parecio una falta de eduacacion, a lo peor soy un rancio y un casposo, pero es lo que hay...

Frankie dijo...

Teles y smartphones tienen el efecto paradójico de ponernos en contacto con lo lejano y desconectarnos de lo inmediato.

Son inventos maravillosos a los que se les puede sacar mucho partido pero nos falta educación para usarlos, porque el Dios Mercado no quiere que reflexionemos sobre ellos y con ellos sino, símplemente, que los gastemos para comprarnos otros nuevos.
Si tuvieras tú la culpa de ello a tí te demandaría, marcela. Como no la tienes rogaré por tu alma y ya está.

Besos, claro.

marcela dijo...

Blue, yo que visito muchos museos veoa los adolescentes estar más interesado en la pantallita del móvil que en las maravillas que tienen alrededor. En algunos museos están decidiendo si a los adolescentes les hacen desconectarlo. Creo que no siendo partidaria de prohibir hay cosas que casi son obligación. Un beso.

marcela dijo...

Temujín, solo me queda decirte que felicidades, porque yo tampoco soy muy de cascos o móviles pero alrededor veo solo gente ensimismada.
Besos.

marcela dijo...

Frankie, lo inmediato tampoco es que sea fascinante, y como tú dices se puede sacar partido de llos si sabes hacerlo. En unas ciudades japonesas han tenido que poner en las calles zonas para los adictor, así no les atropellan los coches.
Un abrazo enorme.

V dijo...

Confieso que me pierdo con los hàbitos actuales esos que le llevan a la gente a estar comentando un programa de tv via twitter a la vez que se queda con un amigo por wattshapp y se escucha una canciòn en los cascos. No llego. Lo que apuntas sobre el individualismo y las teorias conspirativas muy interesante.
Tremenda foto.....escalofriante....un abrazo

marcela dijo...

V, sí tiempo de conexión con todo y sin enterarnos de nada. La imagen produce terror.
Bueno, esperemos que llegue otro modelo de visitantes, más interesados.
Un beso.